El muftí es un sabio musulmán especializado en el derecho islámico (sharía) y autorizado para emitir opiniones jurídicas llamadas fatwas. El término procede del árabe muftī, derivado de la raíz aftā, que significa «dar una respuesta jurídica». Más que un rango jerárquico, designa una función: la de un jurista experto en la interpretación de las fuentes del islam, capaz de orientar a los fieles sobre cuestiones religiosas, morales, sociales o políticas.
A diferencia de un juez, el muftí no dicta sentencias obligatorias. Su misión consiste en ofrecer una opinión fundamentada para ayudar a resolver un problema o responder a una consulta. Su autoridad depende principalmente de su conocimiento del islam, de su reputación como erudito y de su integridad moral, más que de un poder institucional.
La función del muftí apareció durante los primeros siglos del islam, cuando la rápida expansión de la comunidad musulmana planteó nuevas situaciones que no estaban expresamente previstas en el Corán. Los compañeros del profeta Mahoma y los primeros sabios ya desempeñaban ese papel de intérpretes. Entre los siglos VIII y IX, con la formación de las grandes escuelas jurídicas del islam, la figura del muftí quedó plenamente consolidada.
Cada una de las principales escuelas del islam sunní —hanafí, malikí, shafií y hanbalí— desarrolló sus propios métodos para interpretar el derecho islámico a partir del Corán, la Sunna (las palabras y acciones del profeta), el consenso de los sabios (ijmá) y el razonamiento por analogía (qiyás). El muftí aplica estos principios para responder a cuestiones concretas que afectan a la vida cotidiana de los creyentes.
Las fatwas pueden abordar temas muy diversos: matrimonio, divorcio, herencias, comercio, prácticas religiosas, bioética, finanzas, nuevas tecnologías o cuestiones relacionadas con la vida social y política. Una fatwa no crea una nueva ley, sino que interpreta cómo debe aplicarse la ley islámica a una situación determinada.
Durante siglos, los muftíes desempeñaron un papel fundamental en las sociedades musulmanas. En ciudades como Damasco, Bagdad, El Cairo, Córdoba, Estambul o Delhi colaboraban con los tribunales religiosos y las instituciones de enseñanza. Sus dictámenes escritos fueron recopilados durante generaciones y dieron lugar a una extensa literatura jurídica.
En el Imperio otomano, la función adquirió una dimensión oficial. El Sheij al-Islam, gran muftí del Imperio, era nombrado por el sultán y constituía la máxima autoridad religiosa del Estado. Sus fatwas podían servir para justificar decisiones políticas o resolver importantes cuestiones jurídicas y religiosas. Sin embargo, los muftíes locales conservaban una considerable independencia intelectual, y la coexistencia de opiniones jurídicas diferentes siguió siendo una característica del derecho islámico.
La fatwa de un muftí no tiene carácter obligatorio. Se trata de una opinión jurídica destinada a orientar la conciencia del creyente o, en algunos casos, a servir de referencia para un juez. Su influencia depende del prestigio de quien la emite. Un muftí ampliamente reconocido verá sus opiniones seguidas por muchos fieles, mientras que una fatwa considerada poco fundamentada o excesivamente influida por intereses políticos puede ser ignorada.
Los muftíes no forman parte de un clero, ya que el islam no posee una jerarquía sacerdotal comparable a la de otras religiones. Son especialistas en ciencias islámicas que suelen formarse durante muchos años en el estudio del Corán, los hadices, la jurisprudencia y la tradición jurídica.
En la época contemporánea, el papel del muftí ha evolucionado considerablemente. Con la modernización de los sistemas jurídicos y la adopción de códigos civiles en muchos países musulmanes, el derecho islámico dejó de regular todos los aspectos de la vida pública. En consecuencia, la actividad de los muftíes se concentra hoy sobre todo en cuestiones de derecho de familia, ética religiosa y orientación espiritual.
En algunos países, como Egipto, Jordania o Indonesia, la función de muftí está reconocida oficialmente por el Estado. Instituciones como Dar al-Ifta en Egipto reúnen a especialistas que emiten fatwas sobre cuestiones contemporáneas, entre ellas la bioética, las finanzas islámicas, el medio ambiente o los derechos de la mujer, buscando conciliar la tradición islámica con los desafíos del mundo actual.
En otros lugares, los muftíes ejercen de manera independiente, dentro de asociaciones religiosas, consejos islámicos o comunidades locales.
La expansión de Internet ha transformado profundamente esta función. Hoy es posible consultar fatwas en línea desde cualquier parte del mundo. Esta facilidad de acceso ha permitido que más personas puedan solicitar orientación religiosa, pero también ha favorecido la difusión de opiniones contradictorias y, en ocasiones, de dictámenes emitidos por personas sin la formación necesaria o con fines ideológicos.
Por ello, instituciones de referencia del mundo musulmán, como la Universidad de Al-Azhar en Egipto o la Liga Musulmana Mundial, promueven una interpretación rigurosa y responsable de la jurisprudencia islámica y advierten contra la proliferación de fatwas sin fundamento.
A pesar de estos cambios, el muftí sigue ocupando un lugar importante en la vida intelectual y religiosa del islam. Su labor refleja la idea de que la ley islámica debe interpretarse a la luz de las circunstancias concretas de cada época. Esta tarea se relaciona con el concepto de ijtihad, el esfuerzo de reflexión jurídica mediante el cual los sabios buscan aplicar fielmente los principios del islam a situaciones nuevas.
En la actualidad, los muftíes continúan participando en debates sobre la presencia de la religión en la sociedad, los derechos humanos, la bioética, la economía, la inteligencia artificial o la protección del medio ambiente. Más que imponer normas, su misión consiste en orientar a los creyentes y ayudarles a comprender cómo vivir su fe en un mundo en constante transformación.
El muftí representa así una figura esencial de la tradición islámica: un jurista, un maestro y un guía espiritual cuya autoridad se fundamenta en el conocimiento, la prudencia y la búsqueda de la justicia.
