
En el taller de Harout Bastajian, las paredes están cubiertas de fotografías de cúpulas y arabescos azulados, recuerdos de viajes y de oraciones silenciosas. Entre dos pinceles gastados, una maqueta en miniatura de una mezquita ocupa un lugar central sobre la mesa de trabajo. A primera vista, nada distingue a este artista de Beirut de los numerosos decoradores de Medio Oriente. Sin embargo, su trayectoria parece casi paradójica: cristiano armenio, se convirtió en uno de los más destacados pintores de cúpulas de mezquitas del mundo.
Nacido en el Líbano, Bastajian creció en un país donde campanarios y minaretes se responden a pocas cuadras de distancia. «Jugaba con mis autitos sobre la alfombra de la mezquita», cuenta al recordar su infancia en un barrio donde cristianos y musulmanes vivían unos junto a otros, incluso durante la guerra civil. Desde muy joven descubrió la belleza de los lugares de culto: la luz de los vitrales de las iglesias armenias, las sombras cambiantes de los arcos de piedra de las mezquitas otomanas. Esa doble herencia se convertiría en la materia prima de su obra.
Formado en diseño de interiores, comenzó su carrera en residencias lujosas de Beirut y Dubái, hasta que empezó a sentir cierto cansancio. «Estoy haciendo algo para la casa de Dios, no para la casa de alguien», explica. La oportunidad surgió casi por casualidad: un imán de Trípoli, admirado por su trabajo, le encargó la restauración de la cúpula de una pequeña mezquita. Bastajian dudó: ¿un cristiano pintando un espacio de oración musulmán? El imán insistió: «Dios actúa de maneras misteriosas y nos reúne para contribuir a Su casa de culto». Así comenzó una vocación.
Desde entonces, su pincel recorrió el mundo. En el Líbano decoró la gran mezquita Mohammad Al-Amin de Beirut, cuya cúpula turquesa domina la plaza de los Mártires. En Estados Unidos pintó la bóveda de la Islamic Association of Greater Detroit, combinando motivos florales inspirados en el arte otomano con caligrafías del Corán. En África Occidental decoró la mezquita central de Ilorin, en Nigeria, bajo la supervisión de un comité de imanes fascinados por la precisión de su trazo. Otros encargos lo llevaron hasta Amán, Doha y Kuala Lumpur, siempre dentro de una lógica de colaboración: nunca trabaja solo, sino junto a calígrafos, teólogos y arquitectos religiosos.
Cada proyecto comienza con un encuentro y una escucha. Bastajian estudia los versículos que el imán desea destacar, la luz del lugar y la manera en que los fieles levantan la mirada durante la oración. Luego trabaja en bocetos que somete a consideración de los responsables religiosos. Este diálogo permanente ocupa un lugar central en su método: dice que busca comprender la visión de la comunidad antes de traducirla en formas y colores.
En este trabajo, todo se basa en la confianza. La presencia de un cristiano en una obra sagrada musulmana puede causar sorpresa, pero Bastajian asegura que nunca encontró obstáculos: «Sinceramente, no solo en el Líbano, sino en todos los demás lugares, nunca tuve ningún problema por mi religión». En Lagos recuerda haber sido recibido cada mañana por el llamado a la oración y por el café compartido con los trabajadores; en Detroit fue invitado a romper el ayuno de ramadán con la comunidad. Para él, esos momentos de intercambio son la verdadera recompensa de su oficio.
Su pintura, a la vez rigurosa y luminosa, se nutre de esos encuentros. Los arabescos que dibuja no son simples ornamentos: encarnan una concepción de lo sagrado en la que la geometría se convierte en metáfora de la unidad divina. Tiene especial cuidado de no representar figuras, respetando la tradición anicónica del arte islámico. Sin embargo, su impronta personal se percibe en la suavidad de las líneas y en la manera en que los colores parecen respirar.
Más allá de la proeza estética, su trabajo resuena como un acto de fe en el diálogo. Pintar para el islam siendo cristiano supone rechazar el encierro de las identidades religiosas y afirmar que la belleza puede ser un lenguaje común. Bastajian no predica: colabora. Cada cúpula se convierte en una obra de cooperación interreligiosa, fruto del respeto mutuo entre comunidades.
En las mezquitas que decoró, los fieles a veces desconocen su nombre, pero levantan la mirada hacia sus frescos con gratitud. Los matices de azul y dorado, las espirales infinitas de los motivos geométricos, evocan una espiritualidad compartida, un diálogo silencioso entre dos tradiciones.
Harout Bastajian no se considera un activista por la paz, y mucho menos un símbolo. Se define simplemente como un artesano de lo sagrado. Su obra da testimonio de una evidencia que muchos han olvidado: en el silencio de los lugares de oración, la belleza habla antes que la creencia. Y a veces es un cristiano quien, a través de la luz de su arte, ayuda a los musulmanes a contemplar mejor a Dios.
