En la ciudad de Rosario, Argentina, una serie de ataques indiscriminados perpetrados por organizaciones criminales provocó la muerte de trabajadores del transporte y alteró profundamente la vida cotidiana. Frente a esta situación, el papa Francisco envió un mensaje en video en el que llamó a combatir la criminalidad, pero también a fortalecer el tejido social y las comunidades locales.
El origen de esta nueva ola de violencia se remonta a algunas semanas antes, cuando el gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, difundió imágenes de detenidos con el torso desnudo, rodeados por agentes armados en una cárcel de Rosario. La iniciativa evocó la estrategia de lucha contra el crimen organizado impulsada en los últimos años por el presidente salvadoreño Nayib Bukele, sugiriendo una orientación similar por parte del nuevo gobierno provincial y de la administración federal encabezada por el presidente Javier Milei frente a las bandas criminales que operan tanto dentro como fuera del sistema penitenciario.
En ese contexto, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, en coordinación con los gobernadores, implementó medidas inspiradas en el modelo salvadoreño, entre ellas mayores restricciones para los presos, especialmente en el uso de teléfonos celulares. Estas decisiones habrían contribuido a desencadenar la serie de ataques coordinados que golpeó a Rosario en las semanas siguientes y que dejó varias víctimas fatales, entre ellas taxistas, un chofer de colectivo y un empleado de una estación de servicio.
Según el padre Fabián Belay, responsable del trabajo pastoral de la Iglesia en los barrios más vulnerables de Rosario, la ciudad cuenta con más de 40 bandas vinculadas al narcotráfico. Aunque muchos de sus integrantes están presos, estas organizaciones continúan planificando y ejecutando sus operaciones desde el interior de las cárceles. A su juicio, cortar los circuitos financieros de estos grupos resulta indispensable para lograr un cambio real.
A pesar del endurecimiento de las condiciones de detención, no se registraron motines de gran magnitud en las cárceles de Rosario. El padre Fernando Lardizábal, responsable de la pastoral penitenciaria de la ciudad, explicó que la presencia de la Iglesia busca garantizar la dignidad humana de las personas privadas de libertad, al tiempo que acompaña de cerca la evolución de la situación.
Frente a la escalada de violencia, el Gobierno nacional desplegó fuerzas federales de seguridad e incluso efectivos del Ejército en Rosario para reforzar el control del orden público. Sin embargo, distintos observadores señalaron que este tipo de respuestas represivas no son nuevas y que, por sí solas, no han producido resultados duraderos.
En su mensaje dirigido especialmente a los rosarinos, el papa Francisco insistió en la necesidad de abordar las causas profundas de la crisis. Destacó el papel fundamental de la política y llamó a construir consensos y espacios de diálogo entre todos los sectores para impulsar leyes y políticas públicas capaces de reconstruir el tejido social.
El Pontífice también valoró las iniciativas impulsadas por la vicegobernadora de Santa Fe, Gisela Scaglia, para hacer frente a los problemas sociales y a la violencia. Al mismo tiempo, la Iglesia católica, a través de la arquidiócesis de Rosario, reforzó su trabajo de acompañamiento mediante redes comunitarias, especialmente aquellas orientadas a evitar que los jóvenes sean captados por las organizaciones criminales.
Por su parte, el arzobispo de Rosario, monseñor Eduardo Eliseo Martín, visitó un establecimiento penitenciario para llevar un mensaje de esperanza y de fe a los detenidos. Para el padre Belay, este enfoque integral resulta indispensable para superar la crisis social y reconstruir los vínculos de confianza dentro de la comunidad.
La situación de Rosario pone de manifiesto la complejidad de los desafíos que enfrenta la Argentina en la lucha contra el crimen organizado y la violencia asociada al narcotráfico. Para el papa Francisco, la respuesta debe ser necesariamente multidimensional: combinar acciones firmes contra las organizaciones criminales con políticas destinadas a fortalecer las comunidades, reconstruir el tejido social y ofrecer oportunidades a los jóvenes más expuestos al reclutamiento por parte de las bandas.
