Los amish son cristianos pertenecientes a una corriente surgida de la Reforma protestante del siglo XVI. Deben su nombre a Jakob Ammann, un predicador suizo que defendía una fe cristiana exigente, basada en una interpretación rigurosa de la Biblia, una vida sencilla y una cierta separación del mundo moderno. Los amish forman parte del movimiento anabaptista, que insiste en el bautismo de los adultos, la decisión personal de abrazar la fe y la no violencia.
Geográficamente, los amish tienen su origen en Europa Central, principalmente en Suiza, Alsacia, el sur de Alemania y algunas regiones de la actual Austria. Estas comunidades anabaptistas fueron duramente perseguidas durante los siglos XVI y XVII por las autoridades políticas y religiosas, tanto católicas como protestantes, debido, entre otras razones, a su rechazo del bautismo infantil, de los juramentos y del uso de la violencia.
A partir del siglo XVIII, numerosos amish emigraron a América del Norte, especialmente a Pensilvania, donde la libertad religiosa estaba garantizada. Allí sus comunidades lograron establecerse de forma duradera, mientras que los grupos que permanecieron en Europa desaparecieron progresivamente o se integraron en otras corrientes anabaptistas, como los menonitas.
En la actualidad, los amish viven casi exclusivamente en Estados Unidos y Canadá. Sus principales comunidades se encuentran en los estados de Pensilvania, Ohio e Indiana. Se estima que su población oscila entre 350.000 y 400.000 personas, y continúa creciendo gracias a su elevada natalidad y al fuerte arraigo de la vida comunitaria.
Su modo de vida es el aspecto más conocido de su identidad. Los amish eligen vivir de manera deliberadamente sencilla. En la mayoría de las comunidades no utilizan automóviles particulares, no tienen televisión y, por lo general, no se conectan a la red eléctrica pública. Se desplazan en carruajes tirados por caballos y visten ropa sobria y uniforme, sin elementos destinados a expresar diferencias sociales.
Este rechazo de determinadas tecnologías no implica una oposición al progreso en sí mismo. Cada comunidad evalúa si una innovación puede fortalecer o debilitar valores como la humildad, la igualdad entre sus miembros y la cohesión comunitaria. Por ello, las normas pueden variar de una comunidad a otra.
La fe amish se centra en una vivencia práctica del cristianismo: la obediencia a Dios, el trabajo manual, la ayuda mutua, la sencillez, la no violencia y el perdón. Los cultos religiosos se celebran alternativamente en las casas o en graneros, ya que los amish no construyen iglesias destinadas exclusivamente al culto. La Biblia ocupa un lugar central y su lectura se acompaña de una fuerte tradición comunitaria.
Un aspecto frecuentemente mal comprendido es el Rumspringa, un período durante el cual los adolescentes conocen el mundo exterior antes de decidir, ya como adultos, si desean recibir el bautismo e integrarse definitivamente en la comunidad amish. El bautismo se administra únicamente a quienes eligen libremente permanecer en la comunidad, aunque diversos investigadores señalan que la presión familiar y social puede influir en esa decisión.
Los amish también han sido objeto de debates y críticas, especialmente en relación con los límites de la educación formal, el lugar del individuo dentro de la comunidad o las dificultades que algunas personas encuentran al abandonar el grupo. Los propios amish responden que su forma de vida constituye una expresión de su libertad religiosa y que su objetivo principal es vivir de acuerdo con el Evangelio, fomentando la paz, la solidaridad y la sencillez.
Aunque no existen comunidades amish en Argentina, el país cuenta con otras comunidades de tradición anabaptista, especialmente menonitas, establecidas en distintas provincias desde el siglo XX. Estas comparten con los amish algunos principios, como el bautismo de adultos y la importancia de la vida comunitaria, aunque su relación con la tecnología y con la sociedad suele ser mucho más abierta.
