La herejía es, en el cristianismo, una doctrina o enseñanza que una Iglesia considera contraria a su fe oficial. En el catolicismo, designa específicamente la negación o la duda obstinada de una verdad de fe definida como dogma por la Iglesia. A lo largo de la historia, el concepto de herejía ha desempeñado un papel importante en la formación de las doctrinas cristianas y en las relaciones entre las distintas confesiones.
La palabra herejía procede del griego hairesis, que originalmente significaba «elección», «opción», «escuela de pensamiento» o «corriente». En la Antigüedad, el término no tenía necesariamente un sentido negativo. Podía designar simplemente una escuela filosófica o una corriente religiosa. El historiador judío Flavio Josefo, por ejemplo, utilizaba hairesis para referirse a los fariseos, saduceos y esenios, sin intención despectiva.
En los primeros siglos del cristianismo, el significado del término cambió progresivamente. A medida que las comunidades cristianas fueron definiendo una doctrina común, las enseñanzas consideradas incompatibles con la fe recibida de los apóstoles empezaron a calificarse de herejías. El término pasó así de designar una simple corriente de pensamiento a señalar una doctrina considerada errónea y peligrosa para la unidad de la Iglesia.
Desde los siglos II y III, obispos y teólogos como Ireneo de Lyon, Tertuliano o Hipólito de Roma escribieron tratados destinados a refutar las doctrinas que juzgaban heréticas. Entre las principales herejías de la Antigüedad se encuentran el gnosticismo, que sostenía que la salvación dependía de un conocimiento secreto; el arrianismo, que negaba la plena divinidad de Cristo; el nestorianismo, que distinguía fuertemente la naturaleza humana y la divina de Jesús; y el monofisismo, que afirmaba que Cristo poseía una única naturaleza. Estas controversias llevaron a la celebración de grandes concilios, como los de Nicea (325), Constantinopla (381), Éfeso (431) y Calcedonia (451), donde se formularon los principales dogmas cristianos.
Durante la Edad Media, la lucha contra las herejías adquirió una dimensión política y judicial. A partir del siglo XII, la Iglesia latina creó tribunales especializados, conocidos posteriormente como la Inquisición, con el objetivo de investigar y juzgar a quienes difundían doctrinas consideradas heréticas. Entre los movimientos perseguidos se encontraban los cátaros y los valdenses. En muchos casos, las penas espirituales —como la excomunión— podían ir acompañadas de sanciones civiles impuestas por las autoridades políticas, que en algunos países incluían la prisión o incluso la pena de muerte. La ejecución en la hoguera fue aplicada principalmente a quienes, tras haber abjurado anteriormente de sus creencias, reincidían públicamente en la difusión de doctrinas consideradas heréticas. Con el paso de los siglos, especialmente durante la Edad Moderna, las condenas a muerte por herejía llegaron a ser frecuentes en diversos Estados europeos, tanto católicos como protestantes.
La Reforma protestante del siglo XVI multiplicó las acusaciones mutuas de herejía. La Iglesia católica consideró heréticas varias doctrinas defendidas por Martín Lutero, Juan Calvino y otros reformadores, mientras que muchas Iglesias protestantes calificaron de heréticas determinadas enseñanzas y prácticas católicas. Durante varios siglos, el término conservó una fuerte carga polémica y fue utilizado por las distintas confesiones cristianas para descalificar a sus adversarios.
En la Iglesia católica actual, el concepto jurídico de herejía sigue existiendo en el derecho canónico, aunque su utilización pastoral es mucho menos frecuente. Desde el Concilio Vaticano II (1962-1965), el lenguaje oficial privilegia expresiones como «hermanos separados» o «otros cristianos» para referirse a quienes pertenecen a otras Iglesias o comunidades eclesiales. El diálogo ecuménico ha sustituido en gran medida la lógica de la confrontación doctrinal que predominó durante siglos.
Fuera del ámbito religioso, la palabra herejía ha adquirido un significado más amplio. Hoy puede designar cualquier opinión que contradiga las ideas generalmente aceptadas en un determinado campo del conocimiento o de la sociedad. Se habla, por ejemplo, de una «herejía científica», «económica» o «política» para referirse a una teoría o propuesta que desafía el consenso dominante. En este sentido, el término ha perdido buena parte de su contenido estrictamente religioso y se utiliza para describir cualquier forma de disidencia intelectual.
La historia muestra, sin embargo, que las fronteras entre la ortodoxia y la herejía han variado con el tiempo. Ideas que en una época fueron condenadas pueden terminar siendo aceptadas, mientras que otras consideradas indiscutibles pueden ser cuestionadas por nuevas generaciones. Por ello, el concepto de herejía constituye también un recordatorio de cómo las comunidades humanas, religiosas o no, definen los límites de aquello que consideran verdadero o aceptable.
