Desde hace varios años, Aleksandr Gabychev permanece privado de su libertad no por lo que hizo, sino por lo que representa. Chamán sakha originario de Yakutia, en el extremo oriental de Rusia, emprendió en 2019 una larga caminata hacia Moscú con un objetivo tan desconcertante como pacífico: realizar en la Plaza Roja un ritual destinado a «expulsar» a Vladimir Putin del poder. Algunos vieron en ello una forma de excentricidad mística. Las autoridades rusas, en cambio, vieron una amenaza. Desde 2021, este chamán, convertido en un símbolo de resistencia espiritual, permanece internado en el sistema psiquiátrico ruso tras una serie de controvertidas decisiones judiciales y médicas.
El 19 de junio de 2026, el Tribunal Municipal de Yakutsk prorrogó por seis meses su internación psiquiátrica obligatoria, hasta el 18 de diciembre de 2026. Según la información transmitida por varias organizaciones indígenas y de derechos humanos, el juez M. Gorokhov, quien ya había dictado la primera orden de internación en 2020, también rechazó una solicitud para realizar una evaluación independiente en el Centro Serbsky de Moscú. La defensa sostenía, sin embargo, que una revisión independiente había detectado deficiencias metodológicas en los informes psiquiátricos utilizados para justificar su permanencia en la institución. Esa evaluación concluía que Aleksandr Gabychev podía ser tratado de manera ambulatoria y que no requería una hospitalización forzada.
El caso comenzó en marzo de 2019, cuando Gabychev salió de Yakutsk rumbo a Moscú a pie. No se trataba únicamente de una marcha política. En su propio lenguaje, la acción tenía un carácter espiritual: describía a Putin como una fuerza maligna que debía ser expulsada mediante un ritual. El gesto atrajo rápidamente la atención. A lo largo del camino se reunió con habitantes de distintas regiones, sumó simpatizantes y habló sobre la libertad local y el fin del miedo. La revista Rebelle(s) recordaba que aquella marcha terminó adquiriendo una dimensión popular: algunos lo consideraban una figura casi folclórica, mientras que otros veían en él un inesperado símbolo de oposición al poder.
Es precisamente esa dimensión híbrida la que convierte el caso de Aleksandr Gabychev en un ejemplo tan revelador. El poder ruso no solo reprimió a un opositor. Trató una expresión religiosa indígena como si fuera un síntoma psiquiátrico. El chamán no defendía un programa político tradicional. Movilizaba un imaginario espiritual, prácticas rituales y una visión del mundo que escapan a las categorías políticas convencionales. Pero en un Estado autoritario, aquello que escapa al control se vuelve rápidamente sospechoso. Y cuando un discurso espiritual se entrelaza con una protesta política, la tentación de desacreditarlo como una forma de locura, en lugar de enfrentarlo como una expresión legítima, resulta particularmente fuerte.
Detenido por primera vez en septiembre de 2019 cerca del lago Baikal, Aleksandr Gabychev fue trasladado de regreso a Yakutia, sometido a evaluaciones psiquiátricas y nuevamente arrestado en 2021. Amnistía Internacional denunció su internación psiquiátrica por tiempo indeterminado, al considerar que era perseguido debido a sus críticas al poder y a su proyecto de «expulsar» a Putin del Kremlin. La organización lo reconoció como preso de conciencia y pidió su liberación inmediata.
Desde entonces, su recorrido se asemeja a una lenta desaparición administrativa. Fue enviado a un hospital psiquiátrico especializado de máxima seguridad en Novosibirsk y posteriormente trasladado a Ussuriysk, en el krai de Primorie, al otro extremo del país. Según la información recopilada por quienes defienden sus derechos, los médicos de ese establecimiento recomendaron en varias oportunidades un régimen menos restrictivo e incluso su traslado a un hospital psiquiátrico general. Sin embargo, los tribunales y la fiscalía rechazaron esas recomendaciones. En septiembre de 2025, Gabychev fue trasladado al Dispensario Psiconeurológico Republicano de Yakutsk, aunque ese regreso a su región de origen no puso fin a su privación de libertad.
El recurso a la psiquiatría confiere a este caso una gravedad particular. Rusia carga con el pesado legado de la psiquiatría punitiva soviética, utilizada contra disidentes, creyentes y opositores para neutralizarlos al tiempo que se desacreditaba su palabra. Declarar que una persona está «enferma» permite hacer mucho más que condenarla: implica despojarla de toda credibilidad. En el caso de Gabychev, esta lógica resulta aún más preocupante porque afecta a una forma de espiritualidad indígena. Su chamanismo, sus rituales y su manera de describir el mal político mediante un lenguaje religioso parecen haber servido para construir la imagen de un hombre peligroso, pese a que varios psiquiatras independientes y médicos que lo atendieron habrían concluido que no presentaba conductas agresivas ni representaba un peligro para la sociedad.
La Comisión de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional (USCIRF) incluyó a Gabychev en su base de datos sobre víctimas de violaciones a la libertad de religión o de creencias. La Comisión recuerda que su caso combina persecución penal, internación psiquiátrica y represión de una expresión religiosa no conforme con las expectativas del Estado. Es precisamente esa combinación la que debería despertar preocupación. La libertad religiosa no protege únicamente a las religiones establecidas, a las instituciones oficialmente reconocidas o a las creencias socialmente aceptadas. También protege las formas minoritarias, indígenas, simbólicas y, en ocasiones, incómodas de espiritualidad.
Se puede no creer en los poderes de un chamán. Se puede considerar extravagante la idea de realizar un exorcismo político en la Plaza Roja. Pero en una sociedad libre, el carácter inusual de una creencia no autoriza al Estado a encerrar a quien la profesa. El único límite legítimo debería ser la existencia de un riesgo concreto, demostrado e individualizado. Sin embargo, en el expediente Gabychev, los elementos disponibles sugieren más bien una instrumentalización de la psiquiatría para impedir que un hombre hable, camine, rece y transforme su espiritualidad en un acto público.
Aleksandr Gabychev se volvió incómodo porque recordó que el poder político no solo teme a los partidos, los periodistas o los militantes. También puede temer a los símbolos, los rituales y las voces que surgen desde los márgenes. Que continúe internado en un hospital psiquiátrico hasta finales de 2026 no constituye únicamente un abuso judicial o médico. Es también una advertencia sobre la forma en que un Estado puede patologizar la disidencia espiritual. En Rusia, el viejo reflejo soviético no ha desaparecido: cuando la fe, el ritual o la conciencia se vuelven incontrolables, se los encierra bajo el diagnóstico de una enfermedad.
Según la información transmitida a Religactu por los defensores de Aleksandr Gabychev, su tratamiento en el Dispensario Psiconeurológico Republicano de Yakutsk estaría a cargo, entre otros, de la doctora Glekova Yulia Semenovna, médica tratante; de la doctora Terentyeva Lena Mikhaylovna; del doctor Grigoryev Aleksandr Aleksandrovich; y de la doctora Reshetnikova Tuyara Semenovna, presentada como directora del establecimiento. Varios de estos nombres figuran además en directorios médicos públicos rusos como profesionales del dispensario de Yakutsk, en particular Glekova —registrada públicamente con el patronímico Yulia Sergeevna— y Grigoryev Aleksandr Aleksandrovich. Hasta el momento, Religactu no ha podido obtener la versión del establecimiento sobre las decisiones médicas adoptadas en el caso de Aleksandr Gabychev. Sin embargo, el hecho de que esta internación continúe pese a la existencia de evaluaciones psiquiátricas independientes que cuestionan la necesidad de una hospitalización forzada plantea evidentes interrogantes sobre la responsabilidad médica e institucional y debería llevar a los psiquiatras mencionados a actuar con la mayor prudencia respecto de la medicación de alta intensidad que están administrando a Gabychev.
