El 27 de agosto, el sitio especializado Umbanda Orixá lanzó el Censo Afrorreligioso Argentino, un relevamiento dirigido a practicantes de Umbanda, Batuque, Quimbanda y Candomblé de todo el país. La iniciativa parte de una pregunta aparentemente sencilla para la que Argentina no tiene una respuesta confiable: ¿cuántas personas practican religiones de matriz africana?
El relevamiento se concentra en Umbanda, Batuque, Quimbanda y Candomblé, dentro de un escenario afrorreligioso argentino más amplio y diverso, que incluye también tradiciones de raíz yoruba vinculadas a Ifá y otras expresiones de matriz africana.
“Nunca nos contaron. Hagámoslo nosotros”, propone la convocatoria. El censo es independiente del Estado y de las casas religiosas, voluntario y anónimo. Es posible limitarse a responder si se pertenece a una religión de matriz africana o completar un formulario con información adicional sobre provincia, culto, edad y antigüedad. No se solicita DNI ni domicilio exacto y los resultados se publicarán de manera agregada. Sus impulsores explican esa cautela apelando a una experiencia histórica concreta: para muchos practicantes, identificarse públicamente con estas religiones todavía puede tener costos.
La dificultad para establecer cuántos son no es nueva. El Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022 incluyó preguntas sobre autorreconocimiento indígena y afrodescendiente, pero no preguntó por religión. Según los resultados definitivos del INDEC sobre población afrodescendiente, 302.936 personas se reconocieron afrodescendientes o con antepasados negros o africanos. Esto equivale al 0,7% de la población en viviendas particulares. Ese dato, sin embargo, no permite estimar el número de practicantes de religiones afro. Afrodescendencia y pertenencia religiosa son categorías diferentes.
De hecho, el vacío estadístico sobre religión lleva décadas. La Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina, realizada por investigadores del CEIL-CONICET, recuerda que el censo nacional dejó de preguntar por adscripción religiosa desde 1960. El relevamiento de 2019, basado en una muestra probabilística de 2.421 personas mayores de 18 años, permitió medir transformaciones importantes del campo religioso argentino. Pero las religiones numéricamente pequeñas presentan un problema adicional, ya que una encuesta nacional puede captar tendencias generales sin reunir suficientes casos de cada minoría como para dimensionarla con precisión.
En las religiones afro, además, contar templos tampoco equivale necesariamente a contar fieles. La antropóloga Manuela Rodríguez, que investigó durante años el afroumbandismo en Rosario, ha estudiado la transmisión de estas religiones, sus formas de sociabilidad y una vida religiosa que muchas veces se desarrolla en espacios domésticos. Su trabajo etnográfico muestra también la persistencia del estigma que rodea a estas prácticas y ayuda a entender por qué una parte considerable de ese mundo religioso puede mantenerse con baja visibilidad pública.
Ese manejo cuidadoso de la identidad aparece también en las investigaciones de Mariana Ábalos Irazábal en el conurbano bonaerense. A partir de trabajo de campo realizado entre 2013 y 2017 en un templo de San Miguel, analizó cómo los afroumbandistas administran su identificación religiosa en ámbitos familiares, laborales, educativos y frente a otras religiones, precisamente porque esa pertenencia puede estar asociada a prejuicios sociales.
Los medios han contribuido a esa historia. En 2013, el Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión intervino frente a un informe televisivo sobre Umbanda que consideró estigmatizante y recomendó no identificar las religiones africanistas con prácticas peligrosas o macabras ni presentarlas como ajenas a la cultura argentina. Más recientemente, Alejandro Frigerio volvió sobre esa persistencia en un artículo publicado por Nueva Sociedad: señaló que, cuando estas religiones aparecen en los medios, todavía es frecuente encontrarlas asociadas a categorías como “secta”, “brujería”, y a delitos o prácticas oscurantistas. Esa asociación entre religiones afro, prácticas peligrosas y criminalidad continúa apareciendo en la cobertura argentina, como mostró recientemente ReligActu a propósito de un templo de matriz africana allanado en Quilmes.
En ese contexto, producir números puede convertirse también en una estrategia de reconocimiento. Un antecedente particularmente ilustrativo fue estudiado por el sociólogo Nahuel Carrone en La Matanza. En su artículo “Territorializando la fe”, publicado en Religião & Sociedade, reconstruye un relevamiento oficial, voluntario y gratuito de lugares de culto realizado con participación de organizaciones afrorreligiosas y el municipio. Para fines de 2021 habían sido relevados alrededor de 300 templos. Cuantificar la presencia territorial era visto por sus participantes como una herramienta para ganar reconocimiento ante el Estado, aunque el proceso también puso en evidencia antiguas desconfianzas respecto de quién reúne los datos y para qué pueden utilizarse.
El nuevo Censo Afrorreligioso lleva esa preocupación a escala nacional y lo hace desde la propia comunidad. Su modalidad abierta y voluntaria responde a un objetivo diferente del de una encuesta probabilística: construir visibilidad, localizar la presencia y comenzar a producir información allí donde hoy casi no existen datos específicos. En un campo religioso atravesado durante décadas por el subregistro y la estigmatización, la propuesta tiene un mérito considerable. Es una iniciativa ambiciosa que transforma una ausencia largamente señalada por investigadores y practicantes en una acción concreta, participativa y de alcance nacional. Si logra una participación amplia, ofrecerá además algo que hoy no existe: un mapa construido por quienes sostienen cotidianamente estas religiones.
Más allá de esto, la iniciativa ya dice algo antes de producir su primer resultado. Una comunidad religiosa considera que necesita contarse a sí misma porque las herramientas disponibles no consiguen verla. La pregunta que esto suscita, entonces, ya no es solamente cuántos practicantes de religiones de matriz afro hay en Argentina. También es qué cambia para una religión cuando puede demostrar que está ahí.
