Entre el 21 y el 24 de junio, distintas comunidades indígenas de la Argentina celebraron el comienzo de un nuevo ciclo vinculado con el solsticio de invierno. Para el pueblo mapuche, este tiempo recibe nombres como We Tripantü o Wiñoy Tripantü; entre los pueblos andinos se expresa a través del Inti Raymi, el Willka Kuti y otras celebraciones relacionadas con el retorno del Sol. Lejos de ser simples recreaciones folclóricas, estas ceremonias forman parte de tradiciones espirituales que continúan vivas y que buscan ser reconocidas como una dimensión esencial de la diversidad religiosa y cultural del país.
El Equipo Nacional de Pastoral Aborigen, conocido como ENDEPA, dedicó este año un informe especial a estas celebraciones. La organización, vinculada con la Iglesia católica pero orientada al servicio de los pueblos indígenas y al diálogo ecuménico e interreligioso, presentó el documento bajo el título Inti Raymi / We Tripantu: el comienzo de un nuevo tiempo. Su publicación se inscribe en una serie de iniciativas recientes mediante las cuales ENDEPA propone pensar la interculturalidad a partir de las propias espiritualidades indígenas.
En la cosmovisión mapuche, el We Tripantü señala el regreso progresivo de la luz después de la noche más larga del año. No representa únicamente un cambio de fecha, sino la renovación de la vida, de los vínculos comunitarios y de la relación entre las personas, la naturaleza y las fuerzas que sostienen el universo. Las ceremonias pueden incluir momentos de purificación, rogativas, encendido del fuego, comidas compartidas y reuniones alrededor del rewe, un espacio de especial significado espiritual. Instrumentos como la trutruka y el kultrun acompañan la recepción del nuevo ciclo.
El Inti Raymi, cuyo nombre quechua significa “Fiesta del Sol”, ocupa un lugar comparable dentro de las tradiciones andinas. Su celebración expresa el agradecimiento al Sol como fuente de vida, energía y equilibrio, pero también la continuidad de un calendario espiritual ligado a los ciclos agrícolas, la Pachamama y la vida comunitaria. En Jujuy, comunidades procedentes de distintos puntos de la provincia participaron este año en ceremonias, ofrendas, expresiones artísticas, música y danzas destinadas a marcar el comienzo del nuevo ciclo.
El Ministerio de Educación jujeño destacó que estas prácticas también están presentes en numerosas escuelas de la Quebrada y la Puna, especialmente dentro de las propuestas de Educación Intercultural Bilingüe. A través de relatos comunitarios, investigaciones, producciones artísticas y espacios de intercambio, docentes y estudiantes trabajan sobre la historia, las lenguas, los conocimientos y las formas indígenas de relación con la naturaleza. De esta manera, la ceremonia trasciende el ámbito estrictamente ritual y se convierte también en una herramienta de transmisión entre generaciones.
El informe de ENDEPA recoge, además, testimonios que muestran que la recuperación contemporánea de estas celebraciones no siempre constituye una continuidad lineal. Siglos de colonización, evangelización y predominio del calendario cristiano produjeron encuentros, desplazamientos y formas de sincretismo. En algunas regiones, ciertas ceremonias quedaron asociadas a festividades cristianas cercanas, mientras que en otras sobrevivieron prácticas vinculadas al Sol, el agua, la tierra o la memoria de los difuntos. Algunas comunidades comenzaron a revitalizarlas mediante el reencuentro con mayores indígenas y con conocimientos conservados en otros territorios.
Esta visibilidad creciente obliga a revisar la manera en que se habla de religión en la Argentina. Las espiritualidades indígenas no siempre se organizan como las religiones institucionales más conocidas. La dimensión espiritual puede estar inseparablemente unida al territorio, la comunidad, los antepasados, los ciclos naturales y las obligaciones recíprocas entre los seres humanos y su entorno. Separar rígidamente religión, cultura y naturaleza puede resultar ajeno a esas cosmovisiones.
El reconocimiento de estas tradiciones tampoco es solamente simbólico. La Constitución argentina reconoce desde 1994 la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas, garantiza el respeto de su identidad y consagra el derecho a una educación bilingüe e intercultural. La legislación nacional también incorporó el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo y distintas normas relativas a las comunidades, sus territorios y su participación en los asuntos que las afectan.
Sin embargo, la existencia de garantías jurídicas no elimina la distancia entre el reconocimiento formal y la realidad. El vínculo espiritual con la tierra pierde buena parte de su sentido cuando las comunidades son desplazadas, cuando sus lugares ceremoniales quedan fuera de su alcance o cuando sus tradiciones se presentan únicamente como espectáculos culturales. Para numerosos pueblos indígenas, la defensa del territorio es también la defensa de su memoria, de sus prácticas espirituales y de su posibilidad de transmitirlas.
La celebración pública del We Tripantü, del Inti Raymi y del Willka Kuti muestra así algo más profundo que el retorno de antiguas festividades. Expresa la voluntad de los pueblos indígenas de hablar desde sus propias categorías y de participar en la vida nacional sin tener que ocultar su manera de comprender el mundo. Reconocer estas espiritualidades no significa convertirlas en piezas de museo ni integrarlas de manera artificial en modelos religiosos ajenos. Significa aceptar que la Argentina es religiosa y culturalmente más diversa de lo que durante mucho tiempo admitió.
